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La expresión «hizo lo que le dio la gana» resuena con insistencia en el discurso público, erigiéndose paradójicamente como el máximo elogio a la trayectoria vital de una persona. Esta controvertida afirmación ha vuelto a cobrar relevancia tras el fallecimiento de figuras como Brigitte Bardot y David Bowie, y se aplica frecuentemente a artistas contemporáneos como Rosalía, cuya libertad creativa es aplaudida por su aparente desapego de convenciones. El fenómeno no es nuevo; surge de profundas raíces filosóficas que van desde el liberalismo de John Locke y la Ilustración, hasta la voluntad de poder nietzscheana y las revoluciones culturales del siglo XX. En esencia, esta glorificación encapsula la divinización de la adolescencia, un estado donde la emancipación y la autonomía, guiadas por la voluntad individual, se postulan como el objetivo supremo de la existencia, llevando a una infantilización social que ignora la ineludible realidad de los límites humanos.

🔹 La Apología de la Voluntad Absoluta: Un Elogio Recurrente en la Cultura Actual

La frase «hizo lo que le dio la gana» se ha consolidado como un encomio supremo en la sociedad contemporánea, celebrando a aquellos que, aparentemente, han vivido al margen de toda norma y expectativa. Este elogio se manifiesta de manera prominente en el ámbito de las celebridades, donde la capacidad de desafiar las convenciones sociales, culturales, las modas o los imperativos éticos y morales es vista como un signo de éxito y autenticidad. La reciente muerte de figuras icónicas como Brigitte Bardot, actriz y símbolo sexual que forjó una carrera y una vida personal sin conformarse a los cánones de su época, ha reavivado esta narrativa, presentándola como un ideal de libertad.

De igual forma, la partida de David Bowie, un camaleón cultural que reinventó constantemente su imagen y su música, fue acompañada por un coro de voces que alababan su audacia para seguir sus propias reglas, sin importar las críticas o las expectativas del público. Su legado se interpreta como la materialización de una vida vivida con total autonomía creativa y personal. Estos ejemplos, aunque poderosos, no son exclusivos del pasado; la expresión se aplica a menudo a figuras actuales que encarnan un espíritu similar de independencia.

Un caso contemporáneo es el de Rosalía, cuya carrera musical y sus propuestas artísticas son frecuentemente elogiadas precisamente por esa capacidad de «hacer lo que le da la gana». Su fusión de géneros, su estética transgresora y su rechazo a las etiquetas preestablecidas son celebrados como la quintaesencia de una libertad creativa sin ataduras. Este patrón de alabanza sugiere una profunda aspiración social a una vida sin restricciones, donde la voluntad individual se erige como el único motor de acción, por encima de cualquier condicionamiento externo.

La repetición constante de esta idea, tanto para vivos como para muertos, revela una fascinación colectiva por la figura del individuo que se desmarca, que rompe moldes y que, supuestamente, alcanza una plenitud al no someterse a nada ni a nadie. Esta narrativa, sin embargo, merece un análisis crítico para desentrañar sus verdaderas implicaciones y si realmente representa un ideal alcanzable o deseable para la vida humana.

  • La afirmación «hizo lo que le dio la gana» es elogiada como máxima aspiración vital.
  • Se usa para figuras como Brigitte Bardot, David Bowie y Rosalía, destacando su independencia.
  • Refleja una búsqueda social de autonomía y libertad sin condicionamientos.
  • Sugiere una fascinación por la transgresión de normas sociales y culturales.
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🔹 Orígenes Filosóficos de la Autonomía: Del Liberalismo a la Adolescencia Divinizada

Para comprender la raíz de esta idealización de «hacer lo que nos dé la gana» como el pináculo de la existencia humana, es indispensable rastrear sus orígenes en la historia del pensamiento occidental. Sus semillas se encuentran en el incipiente liberalismo del siglo XVII, con pensadores como John Locke, quien postuló la libertad individual como un derecho natural fundamental, entendida en su sentido negativo como la ausencia de coacción externa. Esta idea sentó las bases para una concepción de la autonomía personal que se desarrollaría en siglos posteriores.

La Ilustración del siglo XVIII profundizó en este culto a la emancipación y la autonomía, promoviendo la razón como herramienta para liberarse de dogmas y tutelas. Pensadores ilustrados abogaron por la capacidad del individuo de guiarse por su propio juicio, rompiendo con las estructuras de autoridad tradicionales. Este movimiento fue crucial para la configuración de la libertad como un valor supremo, aunque aún con un fuerte componente racional y cívico, alejado de la mera arbitrariedad de la voluntad.

Posteriormente, las filosofías de la voluntad, y en particular la voluntad de poder nietzscheana, llevaron la concepción de la autonomía a un nuevo extremo. Friedrich Nietzsche glorificó la afirmación individual de la voluntad como fuerza creativa y superadora, donde el ser humano se convierte en legislador de sus propios valores. Aunque compleja, su filosofía ha sido a menudo interpretada, o malinterpretada, como un aval para la autoafirmación sin límites externos, resonando con la idea de una voluntad incondicionada.

Finalmente, las revoluciones culturales de la «década prodigiosa» en el siglo XX, especialmente en los años 60, popularizaron y democratizaron estas ideas. El eslogan «prohibido prohibir» y los movimientos contraculturales promovieron una liberación de las ataduras sociales, morales y sexuales. Este período culminó en lo que el autor denomina la «consagración y divinización de la adolescencia», un concepto central para entender la visión actual de la libertad.

La adolescencia, como etapa vital, se caracteriza por la búsqueda de la autonomía, la ruptura con las autoridades infantiles y el deseo de guiar la propia acción por la voluntad personal. Al elevar este estadio a dogma supremo, la sociedad moderna ha convertido la capacidad de «poder hacer lo que le dé la gana» en un ideal político y social, prometido por partidos de todo espectro, bajo la falacia de que los derechos y libertades individuales se fundamentan en esta voluntad irrestricta.

  • Las raíces se encuentran en el liberalismo de John Locke y la libertad negativa.
  • La Ilustración impulsó la emancipación y autonomía guiada por la razón.
  • La voluntad de poder nietzscheana contribuyó a la glorificación de la autoafirmación individual.
  • Las revoluciones culturales del siglo XX popularizaron la idea de libertad sin límites.
  • La modernidad ha divinizado la adolescencia como el ideal de autonomía absoluta.
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🔹 La Trampa de la Infantilización Social: Negar el Límite es Negar la Realidad

La elevación de la adolescencia a un ideal social y político, donde la máxima aspiración es «poder hacer lo que nos dé la gana», conduce a una infantilización deliberada de la sociedad. Este paradigma mantiene a los individuos en un estado de adolescencia permanente, una fase de búsqueda de autonomía sin la confrontación con las responsabilidades y los límites inherentes a la vida adulta. Esta alienación impide a las personas acceder a su verdadera realidad, que no es otra que la de la finitud y la interdependencia.

El objetivo de una vida humana no puede ser, ni debería ser, hacer «lo que nos dé la gana» por una razón fundamental: es intrínsecamente imposible. La existencia humana está circunscrita por una serie de límites ineludibles, tanto internos como externos. Sin embargo, en la cultura contemporánea, se promueve activamente la negación de estos límites bajo la «abyecta ficción de que solo están en nuestra mente» —el lema «no limits» que inunda la publicidad y el discurso motivacional. Esta negación es profundamente engañosa y perjudicial.

Es más necesario que nunca devolver al ser humano a su verdadera y auténtica naturaleza, recordarle que es un ser dependiente, indigente, necesitado y vulnerable. Esta condición no es una debilidad a superar, sino una realidad constitutiva. Reconocer nuestra dependencia y vulnerabilidad no nos disminuye, sino que nos sitúa como sujetos no solo de derechos, sino también, y de manera crucial, de responsabilidades. La fantasía de una voluntad todopoderosa nos aleja de la construcción de una vida con sentido y propósito.

La idea de que somos soberanos absolutos de nuestra propia vida, por más que nos esforcemos en creerlo, es una ilusión peligrosa. Ni la voluntad humana es omnipotente, ni podemos vivir aspirando únicamente a la satisfacción de nuestros deseos sin considerar las consecuencias o las realidades externas. Esta visión distorsionada de la libertad conduce a la frustración y a la incapacidad de enfrentar los desafíos inherentes a la existencia, perpetuando un ciclo de insatisfacción y negación.

La política, al prometer garantizar derechos y libertades individuales bajo la premisa de que todos podamos hacer lo que queramos, contribuye a esta infantilización. Se crea una sociedad de eternos adolescentes que esperan que el Estado resuelva sus problemas y les proteja de las consecuencias de una libertad mal entendida. Esta dinámica erosiona la capacidad de los individuos para asumir su propia vida como una tarea, con sus esfuerzos, obstáculos y decisiones inevitables.

  • La idealización de la adolescencia lleva a una infantilización social.
  • El objetivo de «hacer lo que nos dé la gana» es imposible debido a la existencia de límites.
  • Se niega la realidad de los límites bajo la ficción de que son solo mentales.
  • Es crucial reconocer la naturaleza dependiente, necesitada y vulnerable del ser humano.
  • La política contribuye a esta alienación al prometer una libertad sin responsabilidades.
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🔹 Más Allá de la Adolescencia: La Madurez como Aceptación del Límite y la Responsabilidad

La madurez no es simplemente una etapa cronológica, sino un estado de conciencia y acción que debe suceder necesariamente a la adolescencia. Implica el realismo de aceptar que la vida es una tarea que estamos obligados a realizar, tal como lo puso de manifiesto el existencialismo. Esta tarea no es una carga impuesta, sino la esencia misma de nuestra existencia, que demanda esfuerzos, decisiones difíciles y la superación de obstáculos. No corresponde a ningún poder público realizar esta tarea en nuestro lugar, sino a cada individuo.

La ficción de la inexistencia de los límites y la posibilidad de vivir siendo y haciendo lo que nos plazca, se desmorona estrepitosamente ante la presencia ineludible de realidades fundamentales. La muerte, la enfermedad y la vejez son los más evidentes de estos límites, recordándonos nuestra finitud y vulnerabilidad. Son experiencias universales que nadie puede eludir y que nos obligan a confrontar la realidad de que no somos todopoderosos ni eternamente jóvenes.

Pero por encima de todos estos límites individuales, existen «los otros». La presencia de los demás seres humanos impone un límite fundamental a nuestra voluntad. Vivimos en sociedad, y nuestras acciones tienen consecuencias sobre los demás. La libertad individual no puede ser absoluta sin chocar con la libertad y los derechos de otros. Reconocer y respetar la existencia de los demás es un pilar de la madurez y la vida cívica, y un antídoto contra el solipsismo de la voluntad desmedida.

Solo la apertura y la acogida de todos estos límites —la propia finitud, la enfermedad, el envejecimiento y la alteridad— permiten una vida verdaderamente adulta, realista y auténtica. Negarlos o pretender superarlos a través de fantasías o utopías nos condena a una existencia superficial y alienada. La madurez implica comprender que la verdadera libertad no reside en la ausencia de límites, sino en la capacidad de actuar responsablemente dentro de ellos.

Menos sueños irrealizables y menos utopías que prometen una felicidad basada en la ausencia de restricciones. La historia nos enseña que los sueños desmedidos y las utopías absolutas devienen muchas veces en pesadillas. La vida auténtica se construye sobre el realismo, la aceptación de nuestras limitaciones y la asunción de nuestras responsabilidades. Es en este marco donde se encuentra la posibilidad de una existencia plena y significativa, lejos de las patrañas nocivas de la voluntad sin freno.

  • La madurez es la aceptación de la vida como una tarea con esfuerzos y decisiones.
  • El existencialismo enfatiza la responsabilidad individual sobre nuestra vida.
  • Los límites ineludibles incluyen la muerte, la enfermedad y la vejez.
  • «Los otros» son el límite fundamental a la voluntad individual.
  • La verdadera libertad reside en la actuación responsable dentro de los límites.
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❓ Preguntas Frecuentes

¿Qué significa la frase «hizo lo que le dio la gana» en el contexto actual?

En el contexto actual, esta frase se utiliza como el mayor elogio para describir una vida vivida con total autonomía, al margen de condicionamientos sociales, culturales, modas o imperativos éticos y morales. Se asocia con la libertad de acción y la autoafirmación, especialmente en figuras públicas y artísticas que desafían las normas establecidas.

¿Cuáles son las raíces filosóficas de la libertad entendida como «hacer lo que uno quiere»?

Sus raíces se encuentran en el liberalismo de John Locke y su concepto de libertad negativa (ausencia de coacción), la Ilustración con su culto a la emancipación y autonomía, las filosofías de la voluntad como la nietzscheana, y las revoluciones culturales del siglo XX. Estos movimientos sentaron las bases para la idealización de la voluntad individual sin restricciones.

¿Por qué se asocia la Modernidad con la «divinización de la adolescencia»?

La Modernidad ha elevado la adolescencia a un ideal porque esta etapa vital se caracteriza por la búsqueda de autonomía, la ruptura con autoridades y el deseo de guiar la acción por la voluntad propia. Al convertir esto en el dogma supremo, la sociedad promueve un estado de emancipación constante, donde «poder hacer lo que le dé la gana» se vuelve la máxima aspiración.

¿Cuál es el peligro de negar la existencia del límite en la vida humana?

Negar la existencia del límite, bajo la ficción de que solo está en nuestra mente, conduce a una infantilización y alienación de la sociedad. Impide a los individuos acceder a su verdadera realidad como seres dependientes, necesitados y vulnerables, y les priva de la madurez necesaria para asumir responsabilidades y enfrentar los desafíos inherentes a la existencia.

¿Cómo propone el existencialismo abordar la vida adulta?

El existencialismo propone abordar la vida adulta como una tarea que estamos obligados a realizar, que implica esfuerzos, obstáculos, elecciones y decisiones. Destaca la importancia de hacernos cargo de nuestra propia existencia y de nuestras responsabilidades, aceptando la realidad de los límites y la finitud humana, en lugar de evadirlos o negarlos.

¿Qué papel juegan los «otros» en la aceptación de los límites vitales?

«Los otros» son un límite fundamental y crucial a nuestra voluntad individual. La convivencia social implica que nuestras acciones afectan a los demás, y el respeto por su libertad y derechos restringe la nuestra. Aceptar la presencia y la alteridad de los demás es esencial para una vida adulta, realista y auténtica, y para la construcción de una sociedad responsable.

✅ Conclusión

La afirmación «hizo lo que le dio la gana», lejos de ser el mayor elogio a una vida plena, revela una profunda corriente de infantilización en nuestra sociedad. La idealización de una libertad sin restricciones, arraigada en siglos de pensamiento liberal e ilustrado y culminada en la «divinización de la adolescencia», nos aleja de la realidad ineludible de los límites. La búsqueda de una voluntad todopoderosa y el rechazo de la vulnerabilidad y la dependencia inherentemente humanas nos condenan a una perpetua inmadurez, impidiendo la verdadera autonomía.

La madurez, en contraste, exige la aceptación de nuestra naturaleza finita y la asunción de la vida como una tarea compleja, llena de responsabilidades y desafíos. La muerte, la enfermedad, la vejez y, fundamentalmente, la presencia de «los otros», nos recuerdan constantemente que nuestra libertad no es absoluta. Solo al reconocer y acoger estos límites podemos construir una existencia adulta, realista y auténtica. Es tiempo de desechar las utopías de una voluntad sin freno y abrazar la sabiduría que reside en la responsabilidad y la interconexión. La verdadera plenitud no se encuentra en la ausencia de límites, sino en la capacidad de vivir y actuar con sentido dentro de ellos, transformando los sueños irrealizables en una realidad consciente y comprometida.

Palabras clave: libertad, autonomía, límites, adolescencia, madurez

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