La administración estadounidense, bajo la dirección del presidente Donald Trump, ha ejecutado una audaz intervención militar en Caracas, Venezuela, justificándola con argumentos que van desde la lucha contra el narcotráfico y la promoción de la democracia hasta la necesidad de restaurar la «paz a través de la fuerza». Sin embargo, las declaraciones del propio mandatario han revelado una motivación central: el control del vasto petróleo venezolano y la búsqueda de una «estabilidad» regional que priorice los intereses económicos de las empresas estadounidenses. Esta acción, que se suma a bombardeos previos en siete países y ataques a instalaciones iraníes, genera profundas repercusiones internacionales, fortaleciendo la influencia de Rusia y China, erosionando gravemente el derecho internacional y dejando a la Unión Europea en una posición de vulnerabilidad y exposición estratégica.
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El ‘Corolario Trump’: Una nueva doctrina de intervención
La reciente ofensiva militar en Venezuela, seguida de las explícitas declaraciones del presidente Donald Trump, ha cristalizado lo que muchos analistas comienzan a denominar el «Corolario Trump». Esta doctrina, lejos de las justificaciones iniciales de sus secretarios de Estado (Marco Rubio), vicepresidente (JD Vance) y secretario de Guerra (Pete Hegseth), parece centrarse en una política exterior unilateral y pragmática, donde los intereses económicos directos y la demostración de fuerza prevalecen sobre los principios democráticos o el derecho internacional. Mientras Rubio hablaba de «legitimidad y democracia» y Vance de «drogas y recursos naturales» que debían ser «devueltos a Estados Unidos», Hegseth proclamaba la restauración de la disuasión a través de la «PAZ A TRAVÉS DE LA FUERZA», contrastando con los años de «Biden, woke, débil y en retirada».
Sin embargo, la verdadera motivación, la que emana directamente del presidente, se desveló con una claridad sorprendente. Tras la intervención en Irán, la acción en Venezuela marca la segunda vez que Trump se inclina decididamente hacia el ala más belicista e intervencionista de su Administración. Aunque Maduro fue tildado de criminal por cargos similares a los que enfrentó el hondureño Juan Orlando Hernández (curiosamente perdonado y liberado por Trump días antes), la postura hacia la oposición venezolana fue igualmente reveladora. María Corina Machado, a quien Trump describió como «una señora muy amable», fue descartada por «no tener el respeto ni el apoyo de la gente».
Este giro representa una redefinición audaz de la política exterior estadounidense, donde la retórica de la democracia cede ante la cruda realidad de la geopolítica y los recursos. El presidente dejó claro que su Administración trabajaría «de cerca, al menos por ahora, con los herederos, cómplices y subalternos de Maduro» para «hacer que Venezuela sea grande de nuevo». Esta declaración, lejos de ser un apoyo a la transición democrática, sugiere una disposición a legitimar a figuras del régimen existente, siempre y cuando se alineen con los intereses estadounidenses.
La estrategia subyacente del «Corolario Trump» parece ser la de proyectar una imagen de fuerza inquebrantable, donde las advertencias del presidente se traducen directamente en acciones militares. Esta aproximación busca restablecer la disuasión global, pero lo hace a costa de la coherencia ideológica y el respeto por las normas internacionales. El mensaje es claro: Estados Unidos actuará cuando y como lo considere necesario para proteger sus intereses, sin ataduras ideológicas o diplomáticas que puedan ralentizar su agenda.
- Preeminencia de los intereses económicos sobre los principios democráticos.
- Justificación de intervenciones militares bajo el lema «Paz a través de la fuerza».
- Disposición a negociar con actores del régimen existente en lugar de la oposición legítima.
- Erosión de la coherencia en la política exterior, con perdones y condenas selectivas.
Venezuela: Petróleo, pragmatismo y la «estabilidad» impuesta
El mundo contuvo la respiración cuando el presidente Trump anunció que Estados Unidos se encargaría de gobernar Venezuela hasta garantizar «una transición segura», o cuando afirmó no tener «miedo a desplegar tropa sobre el terreno», ufanándose de un «ataque a la soberanía» venezolana. Estas declaraciones evocaron los fantasmas de Irak, Afganistán y las costosas y fallidas experiencias de «nation building». Sin embargo, la sorpresa e indignación se intensificaron cuando Trump comenzó a perfilar sus verdaderas intenciones, cerrando la puerta a las aspiraciones de la oposición democrática que ganó las últimas elecciones y, en cambio, tendiendo la mano al régimen de siempre.
La condición era inequívoca: la gestión del vasto petróleo venezolano debía ser entregada a las empresas estadounidenses. «Lo dijo decenas y decenas de veces en su intervención», se destaca en el informe original: «Petróleo, petróleo, petróleo y estabilidad». Trump fue explícito al afirmar: «Vamos a hacer que nuestras enormes compañías petroleras de Estados Unidos, las más grandes del mundo, gasten miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura gravemente dañada, la infraestructura petrolera, y comiencen a generar dinero para el país. Vamos a reemplazarlas y sacar mucho dinero para poder encargarnos del país».
Esta aproximación pragmática, casi transaccional, revela una política exterior centrada en la adquisición y control de recursos estratégicos. Para Trump, la «estabilidad» en Venezuela no se lograría a través de un proceso democrático genuino liderado por la oposición, sino mediante un acuerdo con los «herederos, cómplices y subalternos de Maduro» –probablemente refiriéndose a figuras como los hermanos Rodríguez– que puedan garantizar la continuidad y el acceso al petróleo a cambio de su propia supervivencia política. La Casa Blanca, al menos por ahora, parece dispuesta a validar este escenario.
La obsesión de Donald Trump con Venezuela y Nicolás Maduro se ha manifestado a través de múltiples ejes: mediático, personal, ideológico, geopolítico, económico, migratorio y, fundamentalmente, petrolero. A esto se suma un innegable factor de espectáculo. La promesa de «no permitir que otros se encarguen» ante la posibilidad de que terceros países quieran llenar un vacío de poder, subraya la determinación estadounidense de asegurar su hegemonía en la región y el control sobre los recursos venezolanos. Esta política prioriza los intereses económicos directos por encima de cualquier otra consideración, marcando un precedente preocupante para la soberanía de otras naciones.
- Priorización del control petrolero como objetivo principal de la intervención.
- Descarte de la oposición democrática en favor de acuerdos con el régimen.
- Promesa de inversión de empresas petroleras estadounidenses para «generar dinero para el país».
- Rechazo a la interferencia de terceros países en la gestión de Venezuela.
Repercusiones globales: El derecho internacional en entredicho
La política del «Corolario Trump» y, en particular, la intervención en Venezuela, tiene profundas implicaciones para el orden internacional y el derecho que lo rige. La justificación de una intervención militar basada en la supuesta ilegitimidad de un gobierno y la necesidad de asegurar recursos, sin un mandato claro de organismos internacionales o una amenaza inminente a la seguridad nacional de Estados Unidos, sienta un precedente peligroso. Este enfoque unilateral socava principios fundamentales como la soberanía nacional y la no injerencia en los asuntos internos de otros estados, pilares de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional moderno.
El «ataque a la soberanía» venezolana, del que el presidente Trump se ufanó, es una herida directa al derecho internacional. Al actuar de esta manera, Estados Unidos debilita la confianza en las instituciones y normas que buscan prevenir conflictos y proteger a los estados más pequeños de la agresión de potencias mayores. Esta erosión del marco legal internacional crea un vacío que puede ser explotado por otras naciones con ambiciones hegemónicas, llevando a un escenario de mayor inestabilidad y confrontación global.
En este contexto, la posición de la Unión Europea se vuelve particularmente expuesta y vulnerable. La UE, históricamente una defensora del multilateralismo y el derecho internacional, se encuentra ahora entre la espada y la pared. Por un lado, su compromiso con los principios democráticos y la autodeterminación la pondría en desacuerdo con la acción unilateral de Estados Unidos. Por otro, su dependencia económica y estratégica de la alianza transatlántica limita su capacidad de respuesta o condena contundente. La falta de una voz unificada y una estrategia clara por parte de la UE frente a estas acciones podría mermar aún más su influencia en la escena global y su capacidad para defender un orden basado en reglas.
Mientras tanto, potencias como Rusia y China ven en esta situación una oportunidad para expandir sus propias esferas de influencia y desafiar el liderazgo occidental. La percepción de que Estados Unidos actúa fuera de la ley internacional o por intereses puramente económicos, valida sus propias narrativas sobre la hipocresía occidental y la necesidad de un mundo multipolar. Estos países pueden aprovechar el vacío de credibilidad y la fragmentación del derecho internacional para justificar sus propias incursiones o para fortalecer sus alianzas con estados que se sienten amenazados por la unilateralidad estadounidense. El debilitamiento del derecho internacional, por tanto, no solo afecta a las naciones directamente intervenidas, sino que reconfigura el equilibrio de poder global, abriendo nuevas avenidas para la competencia y el conflicto.
- Debilitamiento de la soberanía nacional y la no injerencia.
- Erosión de la credibilidad de las instituciones de derecho internacional.
- Exposición y vulnerabilidad estratégica de la Unión Europea.
- Fortalecimiento de la narrativa de Rusia y China sobre un mundo multipolar.
La retórica de la fuerza y los fantasmas del «nation building»
El discurso de la «PAZ A TRAVÉS DE LA FUERZA», esgrimido por la administración Trump, no es solo una justificación para las acciones militares, sino una declaración de intenciones sobre cómo Estados Unidos pretende interactuar con el mundo. Después de criticar los «desastrosos años de Joe Biden» en los que Estados Unidos fue percibido como «woke, débil y en retirada», la administración actual busca «RESTABLECER LA DISUASIÓN» mediante demostraciones contundentes, como el ataque a instalaciones nucleares de Irán o la captura de Nicolás Maduro. Esta filosofía se basa en la creencia de que solo una exhibición inequívoca de poder militar puede garantizar la seguridad y los intereses estadounidenses, obligando al mundo entero a «captar el mensaje».
Sin embargo, esta retórica de fuerza despierta inevitables recuerdos y fantasmas de intervenciones pasadas. La mención de «no tener miedo a desplegar tropa sobre el terreno» y el ufanarse de un «ataque a la soberanía» venezolana, rememoran las experiencias en Irak y Afganistán, donde las operaciones militares iniciales dieron paso a prolongados y costosos esfuerzos de «nation building» que, en muchos casos, terminaron en fracaso y desestabilización a largo plazo. La idea de que Estados Unidos se encargará de «gobernar el país hasta poder garantizar una transición segura» resuena peligrosamente con esos precedentes, sugiriendo una posible inmersión en un pantano político y militar.
La contradicción se agudiza al observar el desprecio por la oposición democrática venezolana, liderada por figuras como María Corina Machado, quienes han luchado por una transición pacífica y legítima. Al descartar a los actores democráticos y tender la mano a los «herederos, cómplices y subalternos de Maduro», la administración Trump no solo socava los principios que dice defender, sino que también corre el riesgo de alienar a la población local y a la comunidad internacional que apoya la democracia. Este enfoque pragmático, centrado en el petróleo y la «estabilidad» impuesta, podría generar una resistencia más profunda y un sentimiento antiestadounidense en la región.
En última instancia, la relación y obsesión de Donald Trump con Venezuela y Maduro es un crisol de factores: mediático, personal, ideológico, geopolítico, económico, migratorio y, sobre todo, petrolero. A ello se suma un componente de espectáculo, donde la política exterior se convierte en un escenario para la demostración de poder. La frase «Lo vi literalmente como si estuviera viendo un programa» captura la esencia de esta aproximación: una mezcla de política y entretenimiento que busca proyectar una imagen de liderazgo fuerte y decisivo, pero que podría tener consecuencias impredecibles y duraderas para la estabilidad global y la credibilidad de Estados Unidos en el mundo.
- La «Paz a través de la fuerza» como eje central de la política exterior.
- Evocación de experiencias pasadas de «nation building» en Irak y Afganistán.
- Descarte de la oposición democrática legítima en Venezuela.
- La política exterior como espectáculo y demostración de poder.
Preguntas Frecuentes
¿Qué es el ‘Corolario Trump’?
El ‘Corolario Trump’ es una doctrina de política exterior que prioriza los intereses económicos directos de Estados Unidos y la demostración de fuerza militar («Paz a través de la fuerza») sobre los principios democráticos o el derecho internacional, justificando intervenciones unilaterales.
¿Cuál fue la motivación principal de la intervención en Venezuela según Trump?
Aunque se mencionaron democracia y narcotráfico, la motivación principal explicitada por el presidente Trump fue el control del petróleo venezolano y la «estabilidad» para que las empresas estadounidenses puedan invertir y generar ganancias, asegurando así los recursos para Estados Unidos.
¿Cómo afecta esta política al derecho internacional?
La intervención unilateral en Venezuela y la justificación de un «ataque a la soberanía» socavan principios fundamentales como la no injerencia y la soberanía nacional, debilitando el derecho internacional y la credibilidad de las instituciones globales.
¿Qué papel juegan Rusia y China en este nuevo escenario?
Rusia y China se ven fortalecidas, ya que la erosión del derecho internacional por parte de Estados Unidos valida sus propias narrativas sobre un mundo multipolar y les ofrece oportunidades para expandir su influencia en regiones donde la credibilidad estadounidense se debilita.
¿Cuál es la postura de Trump hacia la oposición democrática venezolana?
Trump ha descartado a la oposición democrática, como María Corina Machado, afirmando que no tienen el apoyo necesario. En cambio, ha expresado su disposición a trabajar con los «herederos, cómplices y subalternos» del régimen de Maduro para garantizar la «estabilidad» y el acceso al petróleo.
¿Qué implicaciones tiene esta política para la Unión Europea?
La Unión Europea queda expuesta y vulnerable, ya que su compromiso con el multilateralismo choca con la unilateralidad de EE. UU. Su dependencia económica y estratégica con Washington limita su capacidad para condenar o actuar, afectando su influencia global y su defensa de un orden basado en reglas.
Conclusión
El «Corolario Trump» marca un punto de inflexión en la política exterior estadounidense, donde la audacia de la acción militar se fusiona con un pragmatismo económico explícito, priorizando el control de recursos estratégicos como el petróleo venezolano. Las justificaciones iniciales de democracia o lucha contra el narcotráfico han sido eclipsadas por la clara intención de asegurar los intereses de las empresas estadounidenses y establecer una «estabilidad» impuesta, incluso si ello implica colaborar con elementos del régimen existente y descartar a la oposición democrática. Esta estrategia, fundamentada en la «Paz a través de la fuerza», no solo genera profundas heridas en el derecho internacional y la soberanía de las naciones, sino que también resucita los fantasmas de intervenciones pasadas con resultados mixtos o negativos.
Las repercusiones de esta doctrina se extienden a nivel global. Mientras la Unión Europea se enfrenta a una posición incómoda y vulnerable, potencias como Rusia y China encuentran nuevas oportunidades para redefinir sus esferas de influencia y desafiar el orden mundial liderado por Occidente. El mensaje de Washington es claro: Estados Unidos actuará de forma unilateral cuando sus intereses económicos y de seguridad lo dicten, sin las ataduras de la coherencia ideológica o el consenso internacional. La imprevisibilidad y la centralidad de la figura presidencial en esta nueva era de la política exterior estadounidense prometen continuar reconfigurando el panorama geopolítico global, con consecuencias a largo plazo aún por determinar para la estabilidad y la cooperación internacional.
Palabras clave: Corolario Trump, política exterior, Venezuela, petróleo, derecho internacional