La noticia de la caída de Nicolás Maduro ha sacudido al mundo este 3 de enero, generando una ola de indignación y solidaridad que, para muchos venezolanos, llega con un amargo sabor a hipocresía y doble moral. Mientras la comunidad internacional y figuras públicas reaccionan con alarma ante la violencia y los bombardeos que presuntamente llevaron a este desenlace, millones de venezolanos en la diáspora y en el país se preguntan por qué esta misma indignación no se manifestó durante las dos décadas de dictadura, represión, fraude electoral y crisis humanitaria que han asolado la nación. Esta reacción tardía, según la perspectiva de muchos afectados, no es un gesto genuino hacia el pueblo, sino una defensa de ideales políticos o un temor egoísta a futuras repercusiones geopolíticas.
Índice de Contenidos
La Indignación Selectiva: Una Doble Moral Evidente
La reacción global ante la caída de Nicolás Maduro ha puesto de manifiesto una profunda y dolorosa percepción de indignación selectiva entre la población venezolana. Para muchos, la alarma que se ha desatado a nivel internacional tras los recientes eventos contrasta drásticamente con el silencio o la tibieza que caracterizó la respuesta mundial ante las múltiples atrocidades cometidas por el régimen durante años. La violencia que ahora parece chocar a la comunidad internacional no es un fenómeno nuevo para Venezuela, sino una constante que ha marcado la vida de sus ciudadanos por más de dos décadas.
Este patrón de respuesta ha sido calificado por numerosos venezolanos como una clara manifestación de doble moral y de hipocresía. La indignación, según esta perspectiva, se hace visible solo cuando la violencia proviene de «los que no son amiguitos», es decir, de actores externos o de aquellos que no encajan en ciertas narrativas ideológicas. Antes de este 3 de enero, cuando la represión, la persecución y el desmantelamiento democrático eran perpetrados por el propio régimen, la resonancia global era notablemente menor, dejando a millones de venezolanos con una sensación de abandono y soledad.
La percepción de que el mundo «despertó» apenas ahora es un sentimiento generalizado entre quienes han vivido el día a día bajo la dictadura. Mientras en Brasil, por ejemplo, la noticia generaba una avalancha de «apoyo y solidaridad con Venezuela» en redes sociales, los venezolanos que llevan años exiliados se sentían avasalladoramente solos. Esta tardía muestra de apoyo no genera el consuelo esperado, sino una profunda reflexión sobre los motivos subyacentes de tal reacción. La verdadera solidaridad, se argumenta, debería haber sido constante y no contingente a un evento específico que alterara el statu quo geopolítico.
La celeridad con la que ciertos líderes y medios internacionales han condenado los recientes acontecimientos en Venezuela contrasta con la lentitud y las justificaciones ideológicas que a menudo rodearon la condena de crímenes pasados. Este cambio abrupto en el discurso ha reforzado la idea de que la preocupación no radica en el sufrimiento del pueblo venezolano per se, sino en la alteración de un equilibrio de poder o en la protección de ciertas agendas políticas. La indignación, por lo tanto, no es universal, sino cuidadosamente calibrada para aparecer en momentos específicos y con propósitos particulares.
- La indignación se activa solo cuando la violencia no proviene del régimen chavista-madurista.
- Existe una marcada diferencia entre la reacción actual y la pasividad ante décadas de abusos.
- La solidaridad tardía es vista como un gesto político, no humanitario.
- La doble moral es evidente en la condena de la violencia según su origen.
Dos Décadas de Sufrimiento Silenciado
Para los venezolanos, la noticia de la caída de Maduro, aunque impactante, se enmarca en un contexto de aturdimiento crónico que se extiende por más de dos décadas. Este período ha sido una sucesión implacable de despojos: escaras en la confianza, callos en la esperanza y heridas profundas en el tejido social. La «gravedad» de lo ocurrido ahora, aunque innegable, no supera la magnitud del sufrimiento continuo que ha definido la vida en Venezuela durante generaciones, un punto que muchos observadores internacionales parecen no querer o no poder ver.
Millones de venezolanos han sido forzados a abandonar su país, una de las mayores diásporas de la historia reciente, buscando refugio y oportunidades en otras naciones. Este éxodo masivo, que supera los ocho millones de personas, es una prueba palpable de la desesperación y la falta de futuro bajo el régimen. Cada migrante representa una historia de ruptura familiar, pérdida de patrimonio y la dolorosa adaptación a una nueva realidad, un sufrimiento que rara vez generó la misma ola de indignación que los acontecimientos actuales.
La represión sistemática ha sido una constante. Miles de venezolanos han sido secuestrados, torturados y encarcelados por motivos políticos, sin el debido proceso legal. Los informes de organizaciones de derechos humanos han documentado estas atrocidades repetidamente, sin que se tradujeran en la misma condena global. La eliminación de la libertad de prensa, con el cierre de medios de comunicación y la persecución de periodistas, así como la asfixia de partidos políticos y organizaciones no gubernamentales, han desmantelado cualquier vestigio de democracia y pluralismo.
El país también ha sido testigo de robos electorales flagrantes, donde la dictadura ni siquiera se molestó en esconder el fraude. En 2024, el mundo entero presenció cómo se manipulaban los resultados sin una respuesta contundente que igualara la indignación actual. La persecución y opresión diaria se convirtieron en la norma, afectando a ciudadanos de todas las clases sociales y orientaciones políticas. Sin embargo, conceptos como «soberanía» y «derecho a la libre determinación de los pueblos» eran invocados por algunos para justificar la inacción, paradójicamente, ante la negación de esos mismos derechos al pueblo venezolano.
El sufrimiento no teórico del pueblo venezolano, que abarca la escasez de alimentos y medicinas, la hiperinflación, la inseguridad y el colapso de los servicios básicos, ha sido una realidad diaria. Este dolor tangible y persistente, que no es «un día más en la arena de las redes sociales», sino la historia misma de una nación, ha sido eclipsado por narrativas políticas y por la tardía reacción global. La pregunta persistente entre los venezolanos es: ¿dónde estuvo esta «solidaridad» cuando más se necesitaba y cuando su impacto podría haber evitado la escalada de la tragedia?
- Más de ocho millones de venezolanos han emigrado, una de las mayores diásporas.
- Miles de personas han sido víctimas de secuestros, torturas y encarcelamientos políticos.
- Los medios de comunicación y las ONG han sufrido una eliminación sistemática.
- El fraude electoral y la persecución diaria eran comunes antes de los eventos actuales.
Solidaridad Condicionada: ¿El Pueblo o la Revolución?
La «solidaridad» que ha inundado las redes sociales y los discursos políticos tras la caída de Maduro es percibida por muchos venezolanos como un apoyo condicionado, no dirigido al pueblo que ha sufrido, sino a una «idea romántica de la revolución» que algunos necesitan resguardar a toda costa. Este gesto, que llega apenas el 3 de enero, no se siente como un abrazo genuino a quienes han padecido la dictadura, sino como una reacción calculada para proteger una narrativa ideológica que se ve amenazada por los nuevos acontecimientos.
Muchos de los que hoy se muestran indignados y «solidarios» nunca se pronunciaron de manera contundente contra los horrores de la dictadura chavista-madurista. Durante años, prefirieron mantener un silencio cómplice o justificar las acciones del régimen bajo el manto de la «soberanía» y la «autodeterminación de los pueblos». Esta postura les permitía evitar la confrontación con sus propias ideas preconcebidas sobre la izquierda latinoamericana, incluso cuando la evidencia de represión y violación de derechos humanos era abrumadora y ampliamente documentada.
La inacción ante el fraude electoral de 2024, donde la dictadura ni siquiera se esforzó en ocultar la manipulación de los resultados, es un ejemplo claro de esta solidaridad condicionada. Mientras el mundo observaba cómo se socavaban los principios democráticos más básicos, la condena fue a menudo tibia o inexistente por parte de aquellos que hoy elevan su voz. La «soberanía» se convirtió en un escudo para la tiranía, permitiendo que el régimen continuara con su agenda sin una presión internacional significativa que pudiera haber evitado la escalada de la crisis.
Para los venezolanos, esta disparidad de reacciones es una fuente de frustración y resentimiento. Lo que para otros es «un día más en la arena de las redes sociales» o «una causa más para postear y estar del lado correcto del story», para ellos es su historia viva, su trauma y su lucha diaria. La falta de reconocimiento de su sufrimiento pasado, mientras se condena el presente, refuerza la idea de que su dolor solo importa cuando se alinea con ciertos intereses o narrativas políticas externas.
La «solidaridad» actual, por tanto, no es universal ni desinteresada. Está teñida de ideología y de la necesidad de ciertos actores de proteger sus propias visiones del mundo. La caída de Maduro no solo ha derribado un régimen, sino que también ha expuesto la fragilidad y la hipocresía de ciertos discursos que, durante años, han ignorado el clamor de un pueblo que pedía ayuda. Este revelador contraste ha dejado al descubierto que el apoyo no era para el pueblo venezolano, sino para la imagen distorsionada de una revolución que muchos se negaban a ver caer.
- La solidaridad se percibe como una defensa de la «idea romántica de la revolución».
- Muchos de los indignados actuales permanecieron en silencio ante los crímenes pasados del régimen.
- La «soberanía» fue utilizada como excusa para no intervenir ante las violaciones de derechos humanos.
- La reacción global es vista como una postura ideológica más que un apoyo genuino al pueblo.
Intereses Geopolíticos vs. el Dolor Venezolano
La reacción de figuras internacionales, desde políticos como Lula hasta filósofos, escritores y periodistas, ha revelado una preocupación que a menudo parece más centrada en los intereses geopolíticos y el miedo egoísta que en el sufrimiento real y no teórico del pueblo venezolano. Cuando Lula declara que los bombardeos en Venezuela y la captura de Maduro «cruzaron una línea inaceptable», la pregunta que surge en la mente de muchos venezolanos es cuántas líneas inaceptables fueron aceptadas, e incluso justificadas, antes de este punto.
Muchos intelectuales y figuras públicas que son admirados por su capacidad crítica en otros contextos, no han tenido la delicadeza de permitir que el foco principal sea Venezuela y sus dolores. En cambio, han demostrado sin pestañear que su principal preocupación es un miedo egoísta y teórico a que sus propios países puedan ser las próximas víctimas de una «Doctrina Monroe reloaded». Este temor, aunque pueda estar bien fundamentado desde una perspectiva geopolítica, desvía la atención del sufrimiento inmediato y concreto que ha padecido el pueblo venezolano durante años.
El argumento de que «que Maduro sea o no un dictador, ahora no hace la menor diferencia» en un panorama de «ofensiva gringa», como expresado por uno de estos intelectuales, es particularmente hiriente para los venezolanos. Para quienes han vivido bajo la bota del régimen, la diferencia entre una dictadura y una democracia es abismal. En la Venezuela de Maduro, un intelectual crítico como él ya estaría preso, y su familia viviría entre la esperanza de una liberación y el terror de represalias. La idea de que el carácter dictatorial del régimen es irrelevante en este momento es un lujo teórico que solo pueden permitirse quienes no han vivido sus consecuencias directas.
El sufrimiento venezolano, que no es teórico sino profundamente real y palpable, no ha logrado ser el protagonista pleno de la narrativa internacional ni siquiera ahora. Las discusiones se centran rápidamente en las implicaciones regionales, en el choque de potencias, en la «soberanía» de los estados y en las posibles intervenciones externas, relegando a un segundo plano el destino de millones de personas que han sido víctimas de un régimen opresor. Esta priorización de lo geopolítico sobre lo humano es una constante frustración para quienes esperaban un apoyo incondicional a la libertad y los derechos.
La caída de Maduro ha expuesto no solo la fragilidad del régimen, sino también las complejas y a menudo cínicas dinámicas de la política internacional. Las fantasías derrumbadas van más allá del chavismo-madurismo y su supuesto apoyo popular; también incluyen la fantasía de una comunidad internacional unida en la defensa de los derechos humanos y la democracia, sin importar las afiliaciones ideológicas o los intereses estratégicos. El dolor venezolano sigue siendo, en gran medida, un peón en un tablero de ajedrez mucho más grande.
- Líderes internacionales priorizan la geopolítica sobre el sufrimiento humano en Venezuela.
- El miedo a la «Doctrina Monroe» desvía la atención del dolor real del pueblo venezolano.
- Intelectuales minimizan el impacto de la dictadura en favor de narrativas de confrontación externa.
- El sufrimiento de los venezolanos no ha sido el foco principal de la discusión internacional.
Preguntas Frecuentes
¿Por qué se considera «tardía» la solidaridad con Venezuela?
La solidaridad se percibe como tardía porque la comunidad internacional y figuras públicas han mostrado una indignación mucho más visible y contundente ante los recientes eventos de violencia y la caída de Maduro, en contraste con el silencio o la tibieza que mantuvieron durante más de dos décadas de dictadura, represión, crisis humanitaria y violaciones de derechos humanos en el país.
¿Qué significa «indignación selectiva» en este contexto?
«Indignación selectiva» se refiere a la percepción de que la indignación de la comunidad internacional se activa solo cuando la violencia o los eventos provienen de actores que no encajan en ciertas narrativas ideológicas o cuando alteran el equilibrio geopolítico, ignorando o minimizando el sufrimiento causado por el régimen chavista-madurista durante años.
¿Cuáles son algunos de los sufrimientos que los venezolanos han vivido durante dos décadas?
Durante dos décadas, los venezolanos han sufrido un éxodo masivo de más de ocho millones de personas, miles de secuestrados, torturados y presos políticos, la eliminación sistemática de medios de comunicación, la asfixia de partidos políticos y ONGs, la persecución diaria, el robo de elecciones, escasez de alimentos y medicinas, hiperinflación e inseguridad generalizada.
¿Cómo se diferencia la solidaridad actual del apoyo al pueblo venezolano?
Muchos venezolanos sienten que la solidaridad actual no es un apoyo genuino al pueblo que ha sufrido, sino una defensa de la «idea romántica de la revolución» o de ciertas agendas políticas. Se percibe como un gesto condicionado, más preocupado por proteger narrativas ideológicas o intereses geopolíticos que por el bienestar real y constante de la población venezolana.
¿Qué papel juegan los intereses geopolíticos en la reacción internacional?
Los intereses geopolíticos a menudo parecen eclipsar el dolor venezolano, con figuras internacionales priorizando sus miedos a que sus propios países sean víctimas de una «Doctrina Monroe reloaded» o enfocándose en las implicaciones regionales de la caída de Maduro. El sufrimiento real de Venezuela se convierte en un actor secundario frente a las preocupaciones estratégicas y el equilibrio de poder global.
¿Qué fantasías se han derrumbado con los recientes acontecimientos en Venezuela?
Con los recientes acontecimientos, se han derrumbado fantasías como la del chavismo-madurismo y su supuesto apoyo popular o unidad interna. También se ha expuesto la fragilidad de la narrativa de una comunidad internacional unida e imparcial en la defensa de los derechos humanos, revelando la hipocresía y la doble moral en la respuesta a la crisis venezolana.
Conclusión
La caída de Nicolás Maduro ha desatado una ola de reacciones a nivel global, pero para millones de venezolanos, esta «solidaridad» llega con un peso considerable de hipocresía y doble moral. La indignación que ahora parece generalizada contrasta crudamente con el silencio o la justificación que prevalecieron durante más de dos décadas de dictadura, represión, éxodo masivo y profundas violaciones a los derechos humanos. Este contraste ha expuesto una dolorosa verdad: la preocupación internacional a menudo parece estar condicionada por intereses geopolíticos y narrativas ideológicas, más que por el sufrimiento humano real.
Los venezolanos han vivido un «aturdimiento crónico» que ha dejado escaras en la confianza y callos en la esperanza, un sufrimiento que no es teórico, sino tangible y devastador. La «solidaridad tardía» se percibe como un gesto para proteger una «idea romántica de la revolución» o para abordar temores egoístas sobre la estabilidad regional, en lugar de un apoyo genuino al pueblo. La falta de una condena fuerte y constante ante los crímenes pasados del régimen ha alimentado un profundo resentimiento y una sensación de abandono.
Mientras el mundo debate las implicaciones de los recientes eventos y las posibles consecuencias de una «Doctrina Monroe reloaded», el dolor concreto de los venezolanos sigue siendo, en gran medida, secundario en el discurso global. La caída de Maduro no solo marca el fin de una era para Venezuela, sino que también pone en evidencia las fantasías derrumbadas de una comunidad internacional supuestamente unida en la defensa de la democracia y los derechos humanos. El desafío ahora es ver si esta nueva etapa permitirá una verdadera reconciliación, no solo dentro de Venezuela, sino también en la forma en que el mundo aborda el sufrimiento de naciones oprimidas, sin las lentes de la indignación selectiva.
Palabras clave: Venezuela, Maduro, solidaridad tardía, indignación selectiva, doble moral, hipocresía, crisis venezolana, dictadura, geopolítica, derechos humanos